Suicidio en niños y adolescentes: la importancia de una mirada adulta que pueda prevenir
Actualidad Domingo 30 de Agosto de 2026
Por Agustina Casalongue, licenciada en psicopedagogía
Antes de comenzar, agradezco a este espacio por abrir sus puertas a mi opinión profesional sobre una problemática que atraviesa la sociedad: el preocupante incremento en la tasa de intentos de suicidio en niños, niñas y adolescentes.
Aceptar que el intento de suicidio infantil y adolescente existe es el primer paso para prevenirlo. Necesitamos un trabajo articulado y en conjunto entre las familias, el sistema de educación y los equipos de salud.
Como licenciada en psicopedagogía, mi labor cotidiana se desarrolla en torno a la identificación y abordaje de dificultades que pueden presentarse en los procesos de aprendizaje. Desde mi rol y enfoque profesional, he podido registrar u observar, una serie de indicadores que muchas veces pasan inadvertidos y que podrían estar impactando de forma directa en el estado emocional y anímico de los NNAJ.
En primer lugar, podemos observar cómo se encuentra afectada la tolerancia a la frustración, y algunas habilidades vinculadas a regulación emocional y el control de impulsos. Otro aspecto que merece nuestra atención es el uso desmedido de la tecnología utilizado para acallar llantos, enojos o angustias mediante la pantalla, lo que podría dificultar que el niño o adolescente, desarrolle recursos propios para transitar la emoción de ese momento.
A esto se le suman otras realidades complejas: el aumento del consumo problemático dentro del núcleo familiar, consumo de sustancias a edades cada vez más tempranas, la vivencia de violencia intrafamiliar; el bullyng, tanto en las aulas, como espacios y redes sociales. En algunos casos estas situaciones pueden contribuir a un mayor malestar emocional y, asociarse a cuadros de ansiedad o depresión, que a su vez pueden vincularse con cambios en aspectos relacionados con la regulación del estado de ánimo, la motivación, la alimentación, la sociabilización, el sueño y el estrés.
Ahora me detengo hacer una aclaración, nombrar estos factores no significa afirmar que conducirán a una depresión o a una conducta suicida. Los menciono porque pueden constituir señales de malestar emocional que no deberían pasar inadvertidas. Mi mirada no trata de establecer diagnósticos ni relaciones causales, sino aportar desde el campo de la psicopedagogía, una perspectiva que contribuye a la detección temprana y a la prevención de situaciones de mayor complejidad. Así como reconocer indicadores que requieren nuestra atención.
Ahora bien, frente a este escenario, emerge una pregunta crucial: ¿Dónde está la mirada del adulto? ¿Dónde están los referentes? Y cuando esa mirada capta algo preocupante, ¿actúa o se paraliza?
Es frecuente escuchar en el ámbito familiar la frase: "Es mi hijo/a, yo lo conozco". Esta afirmación suele minimizar que el menor no puede estar atravesando un estado profundo de angustia o apatía, catalogando las señales como "caprichos" o formas de "llamar la atención".
Como adultos, debemos comprender que aunque conozcamos a nuestros hijos, ellos piensan y tienen su propio mundo de emociones. Es urgente superar la negación y aceptar que nuestros chicos también pueden sentirse mal. ¿Cómo estamos mirando? ¿Estamos desconectados o negando las emociones de las infancias?
El campo de abordaje es inmenso y exige que sigamos construyendo herramientas para las familias, las escuelas y los propios profesionales. Sin embargo, para plantar la semilla del cambio necesitamos flexibilidad, empatía y compromiso colectivo.
Debemos empezar por acciones concretas como por ejemplo, no invalidar el dolor ajeno: No quitemos valor a las palabras de un niño creyendo que por su edad no comprende lo que siente. El dolor no sabe de edades; Prestar atención activa: La depresión o el sufrimiento no siempre se expresan con ll















