De Pandora a Caracas: cómo saquear un país en nombre de la libertad
Actualidad Jueves 8 de Enero de 2026
En la saga Avatar, dirigida por James Cameron, el conflicto central se presenta con una claridad casi obscena: un pueblo originario, profundamente vinculado a su territorio, es invadido por una potencia tecnológica que no busca diálogo ni integración, sino extracción. El discurso civilizatorio funciona como coartada moral; la democracia, el progreso y la seguridad son apenas palabras bonitas impresas sobre la pala mecánica.
Pandora no es ciencia ficción. Es un manual de procedimiento geopolítico.
La ironía es tan evidente que duele: los invasores jamás llegan por odio cultural ni por fanatismo religioso. Llegan porque hay algo valioso bajo la tierra. Y cuando ese algo existe, la vida que lo rodea se vuelve prescindible.
En la última entrega, Cameron introduce un giro incómodo para la conciencia occidental: los pueblos del fuego —ásperos, desconfiados, poco románticos— terminan ayudando a los del bosque. No por mística ni por solidaridad espontánea, sino por una razón brutalmente racional: si hoy caen ellos, mañana caemos nosotros. La política internacional explicada sin eufemismos.
Venezuela como Pandora real
Venezuela cumple hoy ese rol simbólico sin necesidad de maquillaje narrativo. La detención, persecución y demonización del poder político encarnado en Nicolás Maduro no puede leerse únicamente como una discusión sobre autoritarismo o calidad institucional. En la lógica de Avatar, Maduro es apenas el cacique que no firmó la entrega del árbol sagrado.
No se lo castiga por gobernar mal. Se lo castiga por no obedecer bien.
Petróleo, gas, coltán, agua dulce, posición estratégica en el Caribe y Sudamérica: el problema nunca fue la democracia, sino los recursos. El pecado capital no es la corrupción; es la desobediencia.
Como en Pandora, primero se criminaliza al líder. Luego al pueblo. Finalmente, al territorio entero.
El retorno del invasor
La intervención directa o indirecta de Donald Trump no es una anomalía ni un exabrupto personalista. Es el imperio sin maquillaje. Donde otros presidentes usaban diplomacia hipócrita, Trump utiliza brutalidad honesta. Dice en voz alta lo que el sistema siempre pensó en silencio.
En clave simbólica —porque la política también necesita mitología— Trump aparece como el tercer anticristo: no el religioso, no el ideológico, sino el financiero.
No promete el infierno después de la muerte, sino el mercado como condena perpetua en vida. Un mundo donde todo tiene precio, nada tiene raíces y la soberanía es considerada un anacronismo peligroso.
El virreinato actualizado
En este tablero, Javier Milei no irrumpe como una rareza libertaria, sino como una figura histórica conocida: el virrey tardío, funcional, entusiasta y convencido de su misión.
Más cercano a Baltasar Hidalgo de Cisneros que a cualquier proyecto emancipador, Milei no gobierna: administra territorio. Ejecuta un mandato externo, desarma el Estado, licua la Nación y ofrece los recursos como gesto de buena conducta.
La diferencia es estética, no política: Cisneros usaba peluca. Milei usa motosierra.
Ambos cumplen la misma función: garantizar que las decisiones reales se tomen lejos del pueblo que las padece.
El fin de la soberanía mundial (y la pregunta inevitable)
Aquí la ironía se agota y aparece la tragedia.
Simón Bolívar y José de San Martín no derramaron sangre para que Sudamérica sea una sucursal administrativa del capital global. Esa sangre hoy está impune. No fue derrotada en batalla; fue archivada en tratados, endeudamientos, swaps y discursos tecnocráticos que llaman “inevitable” a lo que es, en realidad, una decisión política.
La independencia no cayó. Fue tercerizada.
Si Venezuela es el castigo ejemplificador, si Argentina es el experimento extremo, si otros países ya aceptaron ser Pandora sin resistencia,
entonces la pregunta ya no es ideológica ni moral, sino cronológica:
¿Quién sigue en la lista?
Porque Avatar no termina con la victoria definitiva del invasor. Termina con una advertencia: cuando los pueblos comprenden que el ataque es sistémico, la resistencia deja de ser local y se vuelve planetaria.
Pandora no es un planeta lejano. Pandora no es ficción. Pandora somos nosotros… y el reloj ya está corriendo.














