Con tasas de interés en retroceso y una inflación que todavía se mantiene elevada, las pequeñas y medianas empresas comenzaron a replantear la manera en que administran su liquidez. Mantener fondos inmovilizados en cuentas corrientes o plazos fijos tradicionales dejó de ser una estrategia conservadora para convertirse, en muchos casos, en una fuente de pérdida de valor.
Actualmente, gran parte de las pymes argentinas conserva entre un 30% y un 60% de su capital de trabajo en instrumentos bancarios de corto plazo. Durante años, esa práctica funcionó como refugio frente a la volatilidad económica. Sin embargo, el nuevo escenario financiero modificó por completo esa lógica.
La inflación de abril se ubicó en 2,6% mensual, mientras que los plazos fijos ofrecidos por bancos privados rondan tasas nominales anuales cercanas al 19%, lo que implica un rendimiento mensual aproximado de apenas 1,6%. La diferencia genera un deterioro constante del capital en términos reales.
En el mercado financiero coinciden en que el desafío ya no pasa solamente por “guardar” la liquidez, sino por administrarla de manera dinámica según las necesidades de cada empresa. En ese contexto, comenzaron a ganar terreno herramientas que hasta hace algunos años eran utilizadas casi exclusivamente por grandes compañías o inversores profesionales.
Tres niveles para administrar la caja
Especialistas en finanzas corporativas recomiendan dividir la administración del capital de trabajo en distintos horizontes temporales.
La primera capa corresponde a la operatoria diaria: pagos de salarios, proveedores, servicios e impuestos. Para ese segmento, los fondos comunes de inversión “money market” aparecen como una alternativa cada vez más utilizada, ya que permiten disponibilidad inmediata y ofrecen un rendimiento superior al de una cuenta corriente tradicional.
En un segundo nivel aparecen los excedentes que la empresa prevé utilizar en uno o tres meses. Allí ingresan instrumentos de corto plazo como fondos T+1, Lecaps o activos ajustados por inflación. La estrategia consiste en hacer coincidir el vencimiento de la inversión con el momento en que la pyme necesitará disponer de esos recursos.
Por último, las compañías comienzan a mirar con mayor atención el manejo de sus reservas de largo plazo. En ese segmento crece el interés por instrumentos dolarizados, obligaciones negociables corporativas, bonos soberanos y activos atados al CER, con el objetivo de preservar el poder adquisitivo y reducir riesgos.
El costo oculto de dejar la plata inmóvil
Otro de los puntos que comenzó a cobrar relevancia entre las empresas es el impacto impositivo sobre los movimientos bancarios. Algunos asesores financieros impulsan que las pymes administren los cheques a través de Agentes de Liquidación y Compensación (ALyC) para reducir el peso del impuesto a los débitos y créditos.
La operatoria permite evitar parte del costo del denominado “impuesto al cheque”, que actualmente representa un 1,2% combinado sobre cada movimiento bancario. Para compañías con altos volúmenes de operaciones mensuales, la diferencia puede traducirse en millones de pesos de ahorro al año.
Un cambio de mentalidad financiera
En el nuevo contexto económico, la discusión ya no gira únicamente en torno a cuál es la mejor inversión, sino sobre cómo asignar cada peso según el plazo de utilización y el nivel de riesgo que la empresa está dispuesta a asumir.
Para muchas pymes, profesionalizar la administración de la caja dejó de ser una decisión reservada a grandes compañías y pasó a convertirse en una herramienta clave para sostener márgenes de rentabilidad en un escenario de tasas reales negativas.